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En un figón del reino nuevo, mientras los humos curan la matanza

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¡Ea, Yañez, venga otra jarra
del áspero!

Esos leoneses son unos retrógrados.
Mucho atraso es el que se traen
ellos y sus compadres de Toledo.
Ni que estuviéramos en el siglo
VIII y no en el X
ahorcan o condenan porque sí, en plan
visigótico.
Y aquí -¡a ver si lo aprenden!- no se juzga
con los viejos libracos ya
sino tan como lo entendemos
por las costumbres nuestras: sin que tenga que estar escrito.
También hablamos con mayor viveza y más palabras,
no tropezamos ahora apenas con el latín,
y la censura, de momento al menos,
no restringe nuestra poesía.
Sabemos que la gente es solo gente, plebe o nobles.
Y los de León, ¡hala!: “natu divino princeps”
y el Fuero Juzgo hasta en la olla.

¡Yáñez, a ver el vino, y tú, Elvirilla,
putuela,
trae acá ese trasero,
no corras tanto!

Sí: qué vida más rara y más antigua la de esa gente…
Pero ellos saben bien que vamos
por nuestra cuenta,
así que no nos vengan otra vez
o en sus propios pescueços va a informarlos
nuestra cavallería de Castiella, ya
con de 500 fasta 600 cavalleros fijos dalgo.
Porque son cabezotas, oye.
Qué cosa.
Y dicen además que estamos locos
y que la morería podría corrompernos.
Capaces son incluso de montarse
que nos tragamos de los de Al-Andalus
hasta aquello que vino contando hace unos días
Diego de Lerma, y que una infiel con la que se acostó
por Hornachuelos, le dijo que había visto en Córdoba.
Quién sabe.
Porque esos de ahí abajo, lo que no inventen…
Alguien con una caja y una luz, metía dentro un carrete
con una cinta negra larga larga,
y se veía gente en la pared, moviéndose.
Pero tal como os estoy viendo.

Fernando Quiñones
(De Las crónicas de Castilla. Publicado inédito en el número 1 / enero de 1987 / Revista de Creación Literaria Alforja)

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